Tras la
puerta estrellada está el fragmento de luminaria...trás esa luminaria está el
fragmento de melancolía –se decía a sí mismo el Sr. Standers–.
Hace tiempo me mude de aquel paraíso, ¡claro!, si se le podría llamar de
esa forma al atardecer, al amanecer, a las noches estrelladas de verano, a las
frías pero gratificantes noches de invierno, ¿cómo olvidarlas? ¿Cómo olvidarte?
Todas
esas luces en el firmamento dibujaban tu sonrisa, diluían tu silueta, me dejaban ver tu ser a través de la
luz de luna; las cosas pudieron mejorar, pero, no fue así. Tal vez fue una jugada del destino, o coincidencia,
posiblemente haya sido un error, pero... como digo, la primera vez es casualidad,
la segunda es destino y la tercera… la tercera son chingaderas. Los lugares que visitamos
nos traen recuerdos gratos, otras veces nos hacen alejarnos, en
mi caso, no es que quiera alejarme, ni tampoco quedarme, pero esperaría que
estuvieras para decirte una palabra más o una palabra menos, no lo sé, da igual. ¿Cuánto
tiempo ha pasado? Quizá más de tres años, quizá menos de cinco. Es iluso pensar que pudieras venir a verme esta noche, cuando todas las noches estuve
esperando tu correspondencia, cuando esperaba que lo poco de la cera no
terminara derretida sobre mi estudio. No encuentro otra forma de
justificar lo que ha pasado, ha sido un complejo en el que somos piezas que sirven para complacer, no a la
humanidad, si no a la grandeza de la vida. Un hálito de ti pediría, una sonrisa
que me dejara ver tu ser a través del espejo, quisiera que fueras, que
vinieras, que estuvieras.
Basta de tanta charla, no
vendrás, y si así fuera, hubieses regresado la primera semana después de
marcharte, ¿cómo le puedo llamar a esto? ¿paraíso?, ¡el paraíso era ella!, No,
el paraíso no es una mujer, sino lo gratificante que puedes encontrar
de ella, los recuerdos, lo que te hacía sentir, todo lo que alguna vez fue
bueno para ti. ¿Y qué puede saber usted? Parece un viejo afligido, además, a
falta de educación, le diré que no es cortés
entrometerse en las charlas ajenas que tienen las personas consigo mismas. No me entrometo, solo me
pareció una paradoja el que recrimines que no venga, cuando fuiste tú quien no supo hacer que se quedara. ¿No se le hace raro dar andanzas a los
desconocidos?, además de que lo podrían turbar de hostigador, claro,
si su preocupación ve más allá. En ti veo soledad y lo último que harías sería verme de aquella
forma, pero, para entender mejor el hecho de que me haya llamado la
atención tú palabrería, te diré, me llamo Lagamu, vivo en la Quinta Avenida, a no menos de ocho cuadras de aquí. No es necesario saberlo y mucho menos gratificante, y me inquieta el hecho de
que algún desconocido a plena observación de las estrellas se detenga a escuchar monólogos y soliloquios de una
persona –pensemos un poco, a cualquiera de nosotros, igual que al Sr. Standers le daría curiosidad y quizá miedo, el que una persona desconocida se detenga a escucharlo hablar en la calle, pero como todo, siempre hay una respuesta–. La juventud es impactante en estos días, el amor y la libertad son su estandarte, ¡qué intrigante es escuchar los diálogos del corazón que llevamos por dentro!, ¡qué alentador es escuchar la afición de poeta joven!, ¡qué interesante es vivir de
una sonrisa! o ¿no?, si cuando hubiese tenido tu edad, me preguntara y recriminara
todo lo que he hecho, quizá jamás hubiera vivido como hoy lo hago, quizá no me
hubiese cruzado en tu camino, y probablemente estaría disfrutando de un sillón
cómodo y una copa de vino en Madero, si lo quieres ver de esta
forma y para fortuna de ambos, nos hemos encontrado bajo este farol, tú que
necesitabas con quién hablar y yo que necesitaba a quién persuadir. ¿Necesitaba hablar?, me lo han dicho tus palabras, si no fueras tan símil a lo que fui, sería imposible comprenderte, pero dado que tienes algo, pude ver tu desdicha.
Me pareció algo extraño escuchar sobre el símil
que aquél viejo y yo compartíamos. Tal vez en su juventud el corazón le devino
por una mujer, tal vez por eso estaba tan interesado en mi soliloquio de joven encajonado
en el amor, tal vez solo quiso jugarme una broma y hacerse pasar por sensato, jamás lo sabré, lo que sí sé, es que esa fue la primera vez que lo encontré.
Tal vez Lagamu tenía razón, el hálito que esperaba encontrar no era el de su sonrisa, si no la de los momentos gratos que me hizo pasar.
Han pasado varios años, no sé qué haya sido de Lagamu, y muchos menos de aquella hermosa mujer que en mi juventud tomo cabida en mis deseos, en mis pensamientos, pero sobre todo, en aquel paraíso.
Tal vez Lagamu tenía razón, el hálito que esperaba encontrar no era el de su sonrisa, si no la de los momentos gratos que me hizo pasar.
Han pasado varios años, no sé qué haya sido de Lagamu, y muchos menos de aquella hermosa mujer que en mi juventud tomo cabida en mis deseos, en mis pensamientos, pero sobre todo, en aquel paraíso.
Estado de México. 15 de Agosto de 2015

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